Este fue el título de un brillante editorial del periódico Patria, de don Alberto Masferrer, y que hoy retomo para dar pie a estas líneas.

Desafortunadamente, para todos, quien se ha hecho del liderazgo de la actual crisis, desoyendo a la institucionalidad del Estado, a la sociedad civil, y a la comunidad democrática internacional, es, paradójicamente, quien posee la más alta responsabilidad frente a nuestra confrontada república.

Los últimos hechos han puesto en evidencia, ante toda la población, a los reales y poderosos actores y bloques económicos, detrás del aparataje político; y han desnudado la descomunal soberbia, inmadurez y escasa transparencia de Casa Presidencial.

Nadie comprende, ni siquiera el más sencillo ciudadano, los contínuos exabruptos que las largas y repetitivas conferencias de prensa y cadenas nacionales, exponen.

Y mientras los desacertados decretos de tirios y troyanos van y vienen, los números reales, no los publicitados, aumentan y aumentan, señalando, como siempre, a la población más pobre y desprotegida.

Hemos perdido el punto de partida: el avance de la pandemia en una sociedad asolada por la injusticia estructural y el crimen organizado. Una sociedad de bajísimos niveles educativos, tan importantes, para afrontar de forma más responsable y eficaz, la compleja situación sanitaria.

No es a fuerza de decretos y enfrentamientos incesantes cómo sobreviviremos.

El discurso del miedo y del encierro, sin alternativas y estrategias consensuadas tiene, cada vez, menos credibilidad. Al igual que toda la fraseología de "batallas", "combates", "héroes" y "primera línea" de los comunicadores de Casa Presidencial.

Por otra parte, esa falta de concertación y unidad política ante la actual coyuntura, y la obstinación del Ejecutivo de responder sin un meditado plan, esto es, improvisar a cada momento (muy propio de la cultura nacional), nos está llevando al despeñadero. Dos ejemplos: las entregas de ayuda económica y los contagios en los "centros de contención".

Si bien algunas de las medidas iniciales fueron plausibles, la radicalidad de los cierres a la vida nacional, fueron precipitados, nada sensatos. Las acciones gubernamentales, en esta importantísima área económica, debieron ser graduales, de haber sido así, el impacto pudiera haberse reducido.

Muy preocupante es también el esquema represivo, con el cual se ha respondido a la situación imperante. Se ha instrumentalizado al cuerpo policial y al ejército, como los garantes efectivos del cumplimiento de las órdenes presidenciales, no sólo en las normativas pertinentes y no pertinentes que se han emitido, sino en las arbitrariedades dirigidas hacia el sector privado.

Estas acciones sólo retratan a quien, o a quienes, desde el inicio dieron muestras de negar nuestra recién pasada historia.

Habría que examinar asimismo la sobredimensión de las consecuencias letales del Covid-19 en nuestro medio. Si bien cada vida humana es preciosa; cierto es, también, que en relación a las estadísticas de violencia social, históricas; en el país, tenemos décadas de mortandad a causa del crimen, muy superiores a lo que la pandemia nos pueda dejar.

Mucha más población enfermará. Pero muchos estarán o están asintomáticos. Y la letalidad, con toda seguridad, tampoco llegará al apocalipsis que profetiza el gobierno.

Mientras tanto, conveniente para todos, sería, que la institucionalidad civil, académica, cultural y médica del país, siga -esperanzada- insistiendo en potenciar el diálogo y la negociación, entre las fuerzas políticas y económicas del país.

A nadie beneficia el silencio de muchas voces, que en el pasado, se pronunciaban, y que ahora callan por razones estomacales y de contubernio político.

El Ejecutivo debe mejorar su capacidad política y evaluar el desempeño del equipo de apoyo que le rodea, que, lamentablemente, no se caracteriza, precisamente, por un alto perfil.

El discurso populista del falso caudillo, así como la narrativa del terror se están agotando ineludiblemente.
Como ya decía don Alberto Masferrer, en el siglo pasado: ¡Así no se puede!

Alvaro Darío Lara

Escritor / Poeta

Colaborador de EC