La crisis planetaria y doméstica que se pavonea, hoy por hoy, en nuestras sociedades del siglo XXI, como todo fenómeno de esta naturaleza, nos ha desnudado de todas nuestras antiguas miserias humanas, llámense éstas, económicas, políticas o culturales. Todo lo aparentemente oculto, tarde o temprano, se devela sin ningún remedio.

Quien haya dicho, o quien haya entendido bobamente, que la historia es una sucesión de eslabones, donde cada nuevo tramo supera al anterior, con seguridad estará ardiendo en el infierno.

Hemos vuelto -claro, con otros diseños, sabores y colores- a un nuevo e ignaro despotismo nacional, que vuelve a enturbiar más, el difícil escenario que ya de por sí, ha instalado la llevada y traída pandemia.

¡Desventurados los pueblos que son adormecidos! ¡Inmensamente desgraciados los pueblos que por su propia voluntad van al matadero!

Este no debiera ser el caso nuestro después de haber transitado por semejantes procesos históricos recientes. Pero lo es, lamentablemente.

Leyendo y releyendo vuelvo al maestro salvadoreño Camilo Campos (1899-1924)  y a su único libro publicado "Normas Supremas", donde al calor de esas ideas reformadoras, imbuidas de buenas dosis de bien escrito reintegracionismo filosófico, el profesor alegrino se indignaba tan febrilmente de lo que acontecía en el país.

Veamos un fragmento de sus llamadas normas negativas: "No oirás a los politiqueros. No creerás en los politiqueros. Sus programas, sus discursos, han hartado. Y cuando dicen Patria quieren decir estómago; cuando dicen Derechos, explotación; cuando dicen República, oligarquía; cuando dicen ciudadano, esclavo" (...). No venerarás a ningún magnate, ni del poder, ni del oro, ni del dogma. Ese ciego vasallaje al Cacique, al Capitalista, al Sacerdote, por miedo, por admiración, por servilismo, por ignorancia, es la aceptación de la miseria del alma y la miseria del cuerpo. Es la abdicación de la hombría, y esa renuncia es la causa de la nefanda omnipotencia de las castas".

Elocuentes y aleccionadoras palabras en estos tiempos turbulentos, donde cada molinero despedaza al otro por llevar el precioso líquido a su negocio. Pero hay una soberbia matriz que teniendo la más alta responsabilidad se obstina, reiteradamente en despreciar la razón, la diplomacia, el ejercicio de la noble política o el mínimo sentido común.

Es importante para todos, entonces, como decía el P. Ellacuría, atender a la inobjetable realidad y no a sus interesados intérpretes. Hay que aprender a leer entre líneas lo que ocurre. Un aplauso a la UCA por retomar esa función crítica que la academia debe ejercer de manera irrenunciable. Felicitar cuando haya que hacerlo, pero también ser faro en días de tinieblas.

Es tiempo que toda la institucionalidad del país asuma, desde su especificidad, su propio protagonismo. Sólo así construiremos el necesario equilibrio, que nos defienda frente a las demenciales tentativas del autoritarismo y la tiranía.

No es posible doblegarnos ante los falsos mesías y su corte de inescrupulosos funcionarios civiles y armados ¡No es posible!