La lluvia torrencial sorprende al periodista Juan Carlos Villafranco, entrando a San Salvador. Afina sus ojos para no perder la vía, este aparente pequeño esfuerzo se suma al cansancio de su largo viaje: más de 400 kilómetros, sumadas ida y venida. Viene del municipio de Perquín, casi frontera con Honduras, en el oriental departamento de Morazán. Desafecto por los homenajes, sonríe por que no pudo rechazar el que ahora reposa en su asiento: el gastado sombrero que un campesino agradecido le regaló para que no lo golpeara el sol. “Este es de los verdaderos reconocimientos que no olvidaré”, me comenta.

“¡Puta hermano, esa gente necesita mucha ayuda!”, exclama al comentarme su experiencia. Conozco esa frase, porque me la repite de continuo, cada vez que regresa de entregar paquetes con alimentos a gente que no tiene documento de identidad, que no tiene familiares en su mayoría, que apenas, si es que no, saben leer y escribir, son los ancianos, que ya padecen los estragos de la vejez entre la miseria. Tampoco deja de lado a alguna familia, de la que le hacen llegar sus necesidades.

Juan Carlos trabajó como fotoperiodista en Diario Co Latino, donde trabamos firme amistad. Renunció para trabajar en Diario El Mundo. Pero una idea giraba en su cabeza, ya demostrada en su trabajo: cómo ayudar a los pobres. Cada vez que pudo, aflojaba las ataduras laborales para recorrer los rincones de la Capital San Salvador, y atestiguar la vida de los pobres que pululan en sus calles.

Renunció a El Mundo, buscando donde canalizar sus ideas de cómo ayudar a los pobres.

Creyó encontrarla en la organización no gubernamental en la que trabajó, pero renunció: el detonante fue la pandemia del Covid-19 que entraba con todas las restricciones en a vida de los salvadoreños, afectando con más impacto a los pobres, de ellos a los ancianos.

Así que decidió llevarles alimentos. Hombre de hacer y buscar, compró con sus escasos fondos los granos básicos, huevos, Incaparina, aceite, entre otros productos esenciales y salió en su vetusto vehículo a repartir.

Acabados sus propios fondos, le echó la mano su esposa, Anabel Castillo y su madre, Doña Marta Margarita Cortez.

A estos esfuerzos se sumaron los realizados por la Coordinadora San Romero de Los Angeles, que aglutina a varias organizaciones, además de otras personas cuyos nombres los mantiene en el anonimato.

“Encontré mi vocación”, me dijo, una noche en la que comentábamos el trajín de su viaje.

Esa vocación le ha llevado a casi todo el país: pueblos y cantones de trece de los catorce departamentos que lo componen, solo el de La Unión no ha visitado.

Tanta pobreza atestigua, que otra frase suya es “tengo que conseguir más”. No solo para beneficiar a más gente, sino para volver a dar alimentos a quienes ya se los acabaron.

“Hay vidas más desesperadas que nosotros, no tienen pan, ropa, dinero para enfrentar el día de mañana ... pero no pierden los valores más importantes. Perdidos en el vacío, miran a sus hijos sin esperanza. Extendamos nuestra mano, ofrezcamos nuestra ayuda, dejemos de lado nuestros dolores, abracemos con solidaridad a los que están peor que nosotros”, escribe Juan Carlos.

Al momento de escribir esta breve reseña, llamo a Juan Carlos. ¿Estás ocupado? pregunto, Embolsando los alimentos para repartir mañana, me responde... ¡ah! ¿para dónde vas? Ciudad Arce, Nejapa, un lugar que le llaman El Salitre...

Sí, pienso, son muchos los pobres... pero allí está Juan Carlos Villafranco, quien sin lugar a dudas los irá a buscar...

 

Néstor Martínez

Director EC