Nos llama la atención el que , incluso abogados muy reconocidos, se muestren partidarios de violar la Constitución de la República o de consentir interpretaciones torcidas de ella. La Constitución, hasta que no haya otra Constituyente, debe obedecerse tal como está escrita.

Quien debe dar primer el ejemplo de obediencia es el presidente de la República, pero en la actualidad es el principal violador y promotor de que se viole la Magna Carta, basado en el presupuesto de la emergencia nacional provocada por el Covid-19.

La pandemia nos plantea situaciones extraordinarias en todos los ámbitos, a las que tanto la Presidencia como la Asamblea Legislativa, atienden a lo que les pertine, la mayoría de ellas relacionadas con la salud, y la Constitución de la República tiene las prevenciones para ello.

Pero estamos observando la explosiva combinación de atender las demandas de variada índole por la emergencia con las ambiciones de poder que tiene el presidente de la República, Nayib Bukele, y con su rara personalidad, cuya principal faceta es de inmadurez, tanto personal como política.

Aún antes de iniciar su presidencia, Bukele dio señales de subir al poder ofendiendo a sus rivales, tergiversando la historia de El Salvador, promoviendo el odio, la violencia y la separación de la sociedad, manipulado cifras, sin presentar plan de gobierno (excepto un documento que en su oportunidad se demostró que fue de corte y pega).

Su ambición de poder le lleva a cerrar todo diálogo con las contrapartes políticas, ya que, por supuesto, nadie querrá sentarse a dialogar con quien está lanzado ofensas que replican sus seguidores y la maquinaria de sus troles. Se ha lanzado en una campaña, basada en el odio, la mentira, la tergiversación de datos, cifras y la historia, para apoderarse de la Asamblea Legislativa.

Esta situación le lleva a manipular los plazos establecidos por la Constitución de la República y a tergiversar la aplicación de ella. Son sus armas favoritas.

El presidente quiere todo para él, poco le importan los Órganos Judicial y Legislativo, creados precisamente para evitar que el presidente, cualquiera que sea, se exceda en sus pretensiones.

No tenemos una crisis política, pero el presidente Bukele la está creando, porque pese a sus vacíos llamados a la unidad, nadie le está haciendo caso, porque ese llamado a la unidad significa “tengo poder absoluto todos tienen que hacerme caso”. La unidad es él.

El presidente Bukele escucha y atiende a quienes le rindan pleitesía, más allá de ese límite nadie se le puede acercar aunque tenga las mejores razones del mundo.

En la última conferencia de prensa, en la que repitió hasta la saciedad lo que dijo en la Cadena Nacional, reveló algo importante: está apoyado por un grupo de empresarios, ajenos a los aglutinados en la Asociación Nacional de la Empresa Privada, cuyo presidente, Javier Simán cargó con todo el odio del presidente al demostrar, junto a otras organizaciones de peso, que está improvisando demasiado en la atención de la emergencia provocada por la pandemia, además de no querer rendir cuentas de los fondos utilizados, entre otras falencias presidencial.

La sociedad sigue dividida con nuevos actores para ello, y no sabemos a que nos vamos atener en el futuro, si a los planes de una fracción con la oposición de la otra, o a los planes que involucren y favorezcan a todos los que vivimos en El Salvador. Lo que sí sabemos es que en las luchas por el poder el pueblo siempre paga los platos rotos e incluso sacrifica su sangre y a sus mejores hijos.

También nos llama la atención que el presidente de El Salvador, muestra signos de inestabilidad en su personalidad: se enoja con mucha facilidad, se nota que no está acostumbrado a razonar, que es muy rencoroso, que no enfrenta los problemas cara a cara, sino es por vía de terceros, que ejecuta acciones que rayan en el deliro de grandeza, lo que es un problema mental.

La psicología nos explica el reflejo de ello en su conducta, como hablar con Dios, gesticular como Hitler, confiar solo en su hermano, discursos de odio (resentimiento), y lo peor, mentir y manipular, entre otros aspectos.

Si bien es cierto que otros presidentes actuaron con parecidos síndromes, caso de el finado José Napoleón Duarte, mas reciente Mauricio Funes, el presidente Bukele los está llevando a su máxima expresión.

De allí que para el presidente Bukele violar la Constitución es parte de su megalomanía, desconocer a organizaciones, personajes, a la Asamblea Legislativa y a la Corte Suprema de Justicia, entre otras situaciones, y dar razones torcidas para ello, es como masticarse un chicle, sin medir las consecuencias presentes y futura que sus actos y decires provocan.

Y nos faltan cuatro años de su estadía en la presidencia.

Sed Lex, Dura Lex.