En 1543 se publica la obra de Nicolás Copérnico  “De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de las esferas celestes)” con la que derriba el modelo teológico-aristoteliano heliocéntrico de la concepción del universo. Fue una verdadera revolución científica de grandes consecuencias en diversos ámbitos del pensamiento humano.

Copérnico, en contra de las ideas de su época, deja la premisa en que el Ser Humano ya no es un sujeto sometido a los designios de Dios, sino que lo gobierna la Razón. La Naturaleza pierde su carácter teológico: no es la Tierra, en la que vive el Ser Humano, la principal creación de Dios, el centro del Universo, sino el sol. Allí no vive nadie. Ambas teorías ya superadas.

Por supuesto, él mismo supo que su nueva visión del cosmos provocaría heridas en la sensibilidad filosófica y religiosa de su época, es decir en las ideas dominantes de su época, por lo que, en principio, fue rechazado por la comunidad pensante.

Desde esa época, y en la evolución del pensamiento filosófico, la Naturaleza empieza a perder su carácter sagrado: se construye un pensamiento filosófico alrededor del Ser Humano: nos volvemos homocéntricos. En términos filosóficos, este es el origen de la actual situación desfavorable del Medio Ambiente.

El entorno filosófico actual del Ser Humano, cualquiera que sea, no lo conecta con el Medio Ambiente, por el contrario le empuja a deteriorarlo más a favor de “beneficios” que no llegan a quienes en nombre de ellos se destruye, transforma o explota. Sin embargo todos pagamos las consecuencias de las actividades humanas, cercanas o lejanas.

Desde aquel lejano 1543, tuvieron que pasar 436 años para que surgiera otro pensamiento, en un ambiente filosófico similar al de Copérnico: el inglés James Lovelock publica Gaia: A New Look at Life on Earth (Gaia: Una nueva visión sobre la vida en la Tierra).

Lovelock, propone que no es el hombre el centro de toda la actividad en la Tierra, sino la Vida.

La hipótesis de Gaia es un conjunto de modelos científicos de la biosfera en el cual se postula que la vida fomenta y mantiene unas condiciones adecuadas para sí misma, afectando al entorno. Según la hipótesis de Gaia, la atmósfera y la parte superficial del planeta Tierra se comportan como un todo coherente donde la vida, su componente característico, se encarga de autorregular sus condiciones esenciales tales como la temperatura, composición química y salinidad, en el caso de los océanos. Gaia se comportaría como un sistema autorregulador, es decir, que tiende al equilibrio.

De nuevo tenemos un impacto revolucionario en los modelos, no solo científicos, sino filosóficos, con no poca resistencia en el pensamiento conservador actual.

El sistema de gobierno, la ideología, la religión, la educación, la economía, la política, no son sustentables. El economista ecológico Herman Daly y  el profesor y escritor sobre temas ambientales David W. Orr, coinciden en que ni el capitalismo ni el comunismo son sustentables en términos ecológicos y humanos.

Necesitamos, entonces, una nueva visión filosófica que nos enlace con la Tierra, que cambie el curso de la actividad humana, que nos separe del mecanicismo y nos incluya en la riqueza del movimiento al interior de la Naturaleza.

Todo lo que observamos a nuestro alrededor, incluso la destrucción ambiental, tiene la huella del Ser Humano. Este construye su propio edificio, con ladrillos filosóficos tecnológicos y científicos, que, comparados con la Naturaleza, son simples artificios, sin ningún fin relacionado al movimiento universal cuyo resultado es la Vida.

El Ser Humano se erige, entonces, como una especie independiente o separada de la Naturaleza, salvo en su origen. Todo Ser Humano trae incorporado en su genética un software antinatural: la cultura, en el sentido amplio.

No de otra manera se explica que, si bien hay amplia difusión de los problemas ambientales, hay poco o ningún impacto en la conciencia. El ejemplo de ello es que seguimos el derrotero de la destrucción ambiental, con la mejor muestra de su indetenibilidad en el cambio climático, un desastre ambiental de carácter planetario.

Si nos asomamos un poco a la Naturaleza nos daremos cuenta que en su interior no hay seres superiores ni inferiores, ni muertos o muertes inútiles, que uno de sus principios es la búsqueda del equilibrio, que no existe el desperdicio. Si, esta brevedad no profunda, la comparamos con las actividades del Ser Humano, nos haremos una idea de cuán lejos estamos de los ideales ambientales.

Como lo hizo Copérnico hace más de cuatro siglos, el mundo humano actual necesita de los Copérnico Verde,  para derribar los muros sagrados del homocentrismo, necesitamos una nueva filosofía que impacte en lo más profundo de nuestra conciencia. No de otra manera serán revertidos los desastres ambientales, de lo contrario, como especie, el Ser Humano tiene contados sus años sobre la Tierra.

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Néstor Martínez

Director Proyecto Edición Cero

Miembro del Red Internacional de Escritores por la Tierra